¡OH, MOYA! Relato ganador XXIII Certamen internacional relato histórico breve Álvaro de Luna

 


¡OH, MOYA!


Ganadora «XXIII Certamen internacional relato histórico breve Álvaro de Luna».




LA CORACHA

Soy vieja, muy vieja. He vivido más de lo que debería, no obstante, sigo en pie. Porque también soy fuerte y valiente. A lo largo de los siglos, he sido ultrajada, sitiada, saqueada, bombardeada y destruida en gran parte.

Nací con las primeras piedras que formaron mis cimientos. El propósito de mi existencia no ha sido otro que defender la villa de Moya, en ocasiones, incluso de ella misma. He sido frontera entre reinos; a veces querida y otras odiada, dependiendo de la causa.

¡Oh, Moya! La joya de la Corona de Castilla; has sido moneda de cambio entre reyes y nobles, y poco han importado tus intereses ni se ha escuchado tu voz. Fue un Cabrera quien te llevó a vivir tu época de máximo esplendor y también fue un Cabrera quien te destruyó.

Abrazo esta villa en las noches heladas de invierno o bajo la luna llena en las noches cálidas de San Juan. Antes eras el marquesado con mayor esplendor; con treinta y seis poblaciones a tus pies y tu villa con ocho puertas, seis iglesias, un convento, dos hospitales y un castillo. Y ahora… solo son ruinas. Y recuerdos que se quedan en cada una de tus piedras. Historias que se contaron y otras que jamás serán contadas.

Alguien nos visitará y sabrá ver más allá de nuestra apariencia en ruinas y ajada. Alguien nos pondrá voz y contará nuestra historia.



ISABEL

Recuerdo la primera vez que la vi… Llegaba de tierras aragonesas. Pasó por la torre de San Roque, junto a su tío Blas y la mula que cargaba sus pocas pertenencias. De mis dos torres, esa era la que ejercía de «puerto seco» entre ambos reinos. Su equipaje cargaba mucho dolor y un enorme pesar. Había perdido a sus padres casi al mismo tiempo y ahora le tocaba empezar una nueva vida junto a la familia de su madre. En otras tierras, en otro hogar, con absolutos desconocidos aunque compartieran su misma sangre y sin saber si iba a ser bien recibida o era otra carga más junto a su escaso equipaje.

Subieron hasta la puerta principal de la villa, tan cansados como la mula, después de tan largo viaje sumidos en el silencio. Los ojos tristes de la pequeña Isabel se agrandaron al ver el revuelo que se armaba en la entrada principal de la villa de Moya. Eran vísperas de la festividad de la Asunción, pero nada tenía que ver con ello. Los moyanos se habían congregado allí, con todas las autoridades y los ilustres presentes, porque don Juan Fernández de Heredia, hijo de don Juan Fernández de Heredia, señor de Mora y Aragón, había presentando dos cartas de poderes mediante las cuales tomaba posesión de la villa en nombre de sus representados. Una era de la Excelente Señora doña Isabel, Princesa de Asturias, de Castilla y de León y la otra del Excelente Señor don Fernando, Príncipe de Castilla, primogénito de Aragón y Rey de Sicilia. Ambas cartas, fechadas en el año 1473, firmadas con sus nombres y selladas con cera colorada. Los ánimos de los moyanos estaban revueltos pues una vez más veían peligrar sus derechos y libertades. Don Juan tomó de nuevo la palabra para continuar leyendo la carta de la princesa Isabel. En la misma, ratificaba la donación de la villa de Moya a su mayordomo don Andrés Cabrera. Juró guardar todos los fueros, privilegios, libertades, buenos usos y costumbres que los moyanos adquirieron al convertirse en realengo, tras la compra de su libertad. Prometió mantener la justicia y reparar el orden de tal manera que la villa y sus tierras no se apartaran jamás de la Corona Real de Castilla. Dicha compra de la libertad y derecho de los moyanos había sucedido un siglo atrás, en 1391, cuando doña Constanza, viuda de don Juan de Albornoz, por entonces señor de Moya y Utiel, vendió la villa de Moya al consejo de caballeros, escuderos, oficiales y hombres buenos de dicha villa, por la cantidad de diez mil florines de oro con el cuño de Aragón. Pero esa condición de realengo fue vulnerada más pronto que tarde por los herederos de la Corona de Castilla. ¡Oh, Moya! Siempre fuiste una moneda de cambio para ellos. Muchos favores que pagar y poco oro en las arcas reales.

¡Libertad a los moyanos! —Gritó un muchacho segundos antes de lanzar una piedra al ilustre portavoz de la princesa Isabel.

El grito de libertad fue secundado por muchos de los presentes y el muchacho aprovechó el alboroto para perderse entre los muros de la villa. A su paso derribó a una pequeña Isabel asustada y asombrada a partes iguales. Su tío le ayudó a levantarse mientras las autoridades de la villa intentaban calmar los ánimos del pueblo.

¿Estás bien, pequeña?

Sí, tío.

Mintió pues le escocían las rodillas, pero a su corta edad no entendía muy bien lo que sucedía a su alrededor y le podían más las ganas de saber.

¿Qué sucede, tío?

La misma historia de siempre; pero no podrán con nosotros. Vamos a casa; el viaje ha sido muy largo y esta función ya la he visto otras veces.

Quizás no entendía de leyes ni de política, pero Isabel notó el pesar en los ojos de su tío y no solo por la reciente muerte de su hermana. Fue el mismo rey Enrique IV quien entregó el señorío de Moya a don Andrés Cabrera, igual que anteriormente lo hiciera su padre, Juan II de Castilla con el marqués de Villena. Ninguno de los dos tomó posesión de las tierras pues los moyanos se alzaron en armas y defendieron sus privilegios y condición de realengo. Por eso Blas estaba preocupado, Castilla estaba revuelta y se avecinaban tiempos de cambio.


***************


Isabel acompañaba todos los días a su prima a vender el pan en la plaza Mayor. Inés le doblaba la edad y su cuerpo ya era el de una mujer en pleno florecimiento, aunque su sonrisa era inocente e infantil, más si cabe que la de la niña que la acompañaba, que a su corta edad ya había sufrido más de lo necesario. A lo lejos, unos ojos también en pleno despertar, no podían evitar desnudarla con la mirada, aunque en el fondo Bartolomé anhelaba sobre todas las cosas desnudar su alma.

¿Quién es ese que no te quita ojo, Inés? —Isabel, siempre atenta al mundo que la rodeaba, no se le escapó el detalle.

¿Ese? Es Bartolomé, el hijo del cabrero —le respondió.

Isabel notó el rubor en las mejillas de su prima.

¿Ves esta cicatriz? —Isabel le enseñó la rodilla a su prima—. Me la hizo él el día que llegué a la villa. Pero si va a ser tu marido, lo perdono —se rio con su ocurrencia.

¡Qué dices! —Inés se volvió a ruborizar—. Apenas he hablado cuatro palabras con él cuando se acerca a comprarme el pan.

Y le sobra una para decirte: «Inés, cásate conmigo».

Has escuchado demasiados cantares.

Las dos siguieron con sus chanzas y sueños ajenas a que no eran dos ojos sino cuatro los que desnudaban a Inés con la mirada.


***************


Fue a mediados de noviembre de 1474 cuando todas las campanas de la villa de Moya tañeron en señal de duelo. El rey Enrique IV había fallecido. Blas tenía razón y se avecinaba una época de grandes cambios que pasarían a la historia y forjarían grandes alianzas. El 13 de diciembre, en Segovia, Isabel se proclamó reina de la Corona de Castilla, basándose en el Tratado de los Toros de Guisando. De este modo, dejaba de manifiesto la ilegitimidad de la paternidad de su hermano respecto a su sobrina Juana de Trastámara. Se iniciaría una guerra de sucesión entre ambas mujeres que duraría más de cinco años. La villa de Moya formaría parte activa de esta contienda pues se postularon partidarios de su nueva reina.

Pero a Blas poco le importaba el destino de la Corona en esos momentos en los que los cimientos de su hogar se resquebrajaban y debía tomar una decisión que apuñalaría su corazón. La joven Inés había sido ultrajada por Gil Izquierdo, escudero de Castilblanco. La niña, que había dejado de ser niña, lloraba en silencio sobre el camastro que compartía con su prima Isabel. Su padre, nervioso, paseaba de un lado a otro de la pequeña estancia principal, mientras estrangulaba entre las manos la carta recibida por el mentado caballero.

Quiere desposarla. Ese hideputa no ha tenido suficiente con deshonrarla.

Es lo más conveniente —Respondió su esposa.

¡Eduviges! ¿En verdad lo sientes? ¿No te duele nuestra pobre Inés?

Me duele, pues es carne de mis carnes. Pero las mujeres no tenemos elección. Y aunque no lo ha hecho de la forma más correcta, ese Gil Izquierdo la quiere, de un modo u otro.

Blas miró a su mujer sin llegar a comprenderla; nunca lo haría. No tuvo más opción que aceptar el matrimonio aunque con ello condenara a su bella Inés a una muerte en vida.

Tiempo después, Inés abandonó la villa de Moya por la puerta de la Calzadilla, siguiendo la comitiva de su esposo con dirección a Segovia. No volvió la vista atrás pues se sintió traicionada por su propia familia. ¿Tal vez lo hubiera hecho de saber que jamás volvería a verlos? Refugiados tras la sombra de la iglesia de San Miguel, dos ojos lloraban y un puño sangraba al verter su rabia contra los muros del santo lugar.

Bartolomé, ¿qué te ha pasado?

Isabel preguntó aun sabiendo la respuesta, pues ella también había ido a despedir a su prima y presenció el dolor del muchacho, tan parecido al suyo.

Déjame que te cure.

No es nada, Isabel.

Tomó el paño con el que envolvía el pan del cesto y le cubrió la mano herida. Isabel comprobó que había llorado porque sus mejillas aún estaban húmedas. Bartolomé ocultó su rostro al sentirse descubierto.

No te avergüences. Ambos compartimos la misma pena. Pero has de saber que ella te amaba. Este pan que traigo, lo amasó especialmente para ti. Me dijo: «Así hubiera sido el sabor de nuestros besos».

¡Ese hideputa...! Algún día lo tendré cara a cara…

No te hagas mala sangre, Bartolomé. Ahora es su esposo. Solo nos queda rezar para que le dé una buena vida.

¿De verdad lo crees, Isabel? Me ha robado lo que más amaba. La vida que yo quería vivir junto a Inés.

Isabel le entregó el cesto con el pan y le hizo una promesa:

Algún día seré tu esposa y prometo darte una vida igual de feliz que la que hubieras tenido junto a Inés.

Bartolomé no tomó en serio sus palabras pues Isabel era apenas una niña, pero también le hizo un juramento.

Isabel… Tienes nombre de reina y serás tan grande como nuestra soberana. Voy a unirme a la contienda y lucharé en su nombre. Prometo volver cuando acabe la guerra. Y te buscaré.

Ahora eran los ojos de Isabel los que lloraban porque su promesa había sido hecha desde lo más profundo de su corazón y vio cómo Bartolomé caminaba hacia la muerte.


***************


El 10 de mayo de 1475 Alfonso V, rey de Portugal, llegó a Plasencia para días después reunirse con su sobrina Juana. Aunque era tan solo una niña y compartían línea de consanguinidad, el 25 de mayo se desposaron gracias a una despensa papal que llegaría meses más tarde. Se retiraron al Castillo de Toro en Zamora, donde Juana y Alfonso también se proclamaron reyes de la Corona de Castilla.

Isabel todos los días se asomaba por la puerta de Carros esperando la llegada de Bartolomé. Pero la guerra sucesoria cada día se complicaba aún más y en vez de llegar, eran los moyanos los que abandonaban la villa para unirse a la contienda. Entre ellos su primo Ginés que se armó de valor para seguir los pasos de Bartolomé y otros tantos moyanos que anhelaban la victoria de Isabel y Fernando.

¡Hijo mío! ¡Qué sola me dejas! ¿Te lo has pensado bien?

Eduviges lloraba aferrándose a su hijo evitando que cruzara dicha puerta. Su corazón se estrujaba de dolor pues nuevamente perdía a un hijo, este contra su voluntad. Blas, en silencio, se sentía profundamente orgulloso de su primogénito, aunque también temía por su vida, pero, de haber podido, él mismo lo hubiera acompañado. Isabel se despidió de su primo, también con mucha pena y unas palabras que jamás se atrevió a pronunciar, atascadas en la garganta: «Si ves a Bartolomé dile...». Se despidieron de Ginés entre lágrimas, viéndolo marchar por la puerta de Carros junto al resto de la comitiva. Jamás volvería a la villa de Moya. Las lágrimas se secaron en los ojos, pero el corazón de sus padres siguió llorando hasta que se secó por completo.

El 1 de marzo de 1476 tuvo lugar la batalla de Toro en la que Ginés perdió la vida junto a miles de combatientes de ambos bandos. El príncipe Juan de Portugal se alzó con la victoria frente al ala derecha de la Corona de Castilla. Sin embargo, las tropas de Fernando vencieron a las de Alfonso. Ambos partidarios de la contienda se proclamaron vencedores, aunque el éxito político de la misma fue de Isabel y Fernando que unificaron las Coronas de Castilla y Aragón.

Eduviges se daba golpes de pecho y se arrancaba los cabellos cuando supo las noticias que llegaban del frente. Aunque jamás pudieron enterrar a su hijo, al menos tenían la certeza de que había pasado a mejor vida. De Bartolomé nunca se supo nada y con gran pesar, Isabel lo siguió esperando y rezando por él.

Todo ha sido culpa tuya —le gritaba su tía—. Desde que llegaste a esta casa las desgracias entraron por la ventana. ¡No te quiero! Ya no tengo hijos, ya no tengo nada. ¡Fuera de mi casa!

Isabel estuvo aguantando durante un tiempo los ataques constantes de su tía pues, Blas también sufría y solo encontraba consuelo en ella, que seguía amasando pan aún cuando ellos se sumían en lo más profundo de su dolor. Pero con el tiempo, la situación se volvió insostenible y decidió recluirse en el monasterio de las Bernardas, situado extramuros de la villa. Allí esperaría a Bartolomé y rezaría por él para que fuera la voluntad de Dios que algún día cumpliera su promesa y regresara a Moya. ¿En tal caso la buscaría? Ese era su más profundo anhelo, su impulso para seguir con vida cuando tan siquiera sabía si él seguiría vivo.


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Bandearon las campanas del monasterio y las de la villa se hicieron eco.

Hermana, ¿qué sucede? —Preguntó Isabel a una de las Bernardas.

La guerra ha terminado. Isabel se ha proclamado reina de Castilla por la voluntad de Dios. ¡Alabado sea el Señor!

El 4 de septiembre de 1479 se firmó la paz entre Portugal y las Coronas de Castilla y Aragón mediante el Tratado de Alcazobas. De este modo se puso fin a la guerra de sucesión castellana. Alfonso fue vencedor en el mar y Fernando en la tierra. El matrimonio entre Alfonso y su sobrina Juana fue anulado. Para evitar futuras contiendas reclamando el trono de Castilla, se le puso a Juana la condición de que se desposara con el infante Juan o que ingresara en el convento. No tuvo más remedio que optar por tomar el velo ya que el infante apenas cumplía un año y veía el pacto muy inestable. Se recluyó en el convento de Santa Clara de Coimbra hasta el final de sus días. En tierras portuguesas siempre fue tratada como Excelente Señora, pues para los portugueses la auténtica heredera del trono de Castilla fue Juana hasta el final de sus días.

«¡Dios salve a la reina!», los vítores se podían escuchar por toda la villa de Moya. Los moyanos celebraban lo proclamación de sus nuevos reyes, Isabel y Fernando pues, como diría el dicho: «Tanto monta, monta tanto» gobernaron en unión y extendiendo ambos reinos ahora ya unificados.

Isabel, que hasta ahora vivía con el anhelo del regreso de Bartolomé, por primera vez sintió la certeza en la boca del estómago de que tal vez jamás regresaría. Había prometido a las Bernardas, que tan bien la habían acogido a cambio de sus labores de panadera, que después de la guerra dejaría de ser novicia para tomar los votos perpetuos. Nadie sabía el porqué de tal condición, solo Dios y su corazón. Rezó una vez más esperando una respuesta del cielo. Pero la respuesta le llegó de la tierra. Días antes de su juramento llegaron noticias de la villa. Eduviges había fallecido y Blas la reclamaba a su lado.

No vas a volver —le dijo la Madre Superiora.

Solo serán unas semanas, Reverenda Madre. Hasta que mi tío supere el duelo. Ya no tiene a nadie y debo ayudarle en el negocio.

Te he visto muchas veces, Isabel. Cuando rezabas, en vez de mirar al cielo, tus ojos se dirigían al camino. Sé que esperas a alguien. Si hubieras querido tomar los votos, lo hubieras hecho hace mucho tiempo. Al Señor se le puede servir de muchas formas. Ve con Dios y no vuelvas. Tu destino no está entre los muros de este convento.


***************


Isabel sí regresó al monasterio, pero no lo hizo como novicia. Se quedó a vivir con su tío, pero una vez al mes llevaba dulces a las Bernardas en agradecimiento por acogerla en el convento cuando no tenía a dónde ir.

Poco a poco, sus ojos dejaron de mirar hacia las puertas de la villa y empezó a considerar la idea de tener un pretendiente. Ya no era una niña, su cuerpo había florecido y estaba en edad de merecer. Por otro lado el estado de salud de su tío era delicado y si se quedaba sola no le quedaría más remedio que, esta vez sí, tomar los hábitos.

Los domingos acudía a misa en la iglesia de Santa María. Fue a principios de julio de 1480 cuando se congregaron en la misma un centenar de moyanos, entre ellos, las autoridades e ilustres de la villa. El procurador había recibido una carta lacrada desde Segovia, firmada por la reina Isabel. «Por la presente, nombro a Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla, Marqués y Marquesa de Moya. Dicha villa y todos sus términos, de aquí en adelante, serán llamados Marquesado de Moya». En agradecimiento por su apoyo y fidelidad en la guerra de sucesión, la reina otorgó a la villa de Moya la categoría de Marquesado y se la regaló a su camarera mayor y fiel amiga, Beatriz de Bobadilla, y a su esposo Andrés Cabrera; que por otra parte ya era señor de Moya, donación que le hiciera Enrique IV y que ratificó la actual reina. Pues ya lo decía el dicho: «Después la reina de Castilla, la Bobadilla». De ahí que a la torre del homenaje de la villa, se le acabara llamando «La torre de la Bobadilla». Los moyanos, que durante años se habían negado a perder su condición de realengo, en esta ocasión aceptaron de buen grado la imposición de los marqueses pues, amaban a la reina y por ende a Beatriz. Aquel día los moyanos salieron contentos de la iglesia pues sentían que la reina los había premiado por su fidelidad.

¿Sigue en pie tu promesa?

Isabel salía de la iglesia cuando escuchó esa voz a sus espaldas. No podía ser. Era su voz. Tenía miedo de dar media vuelta y descubrir que no era él. Pero su corazón no la engañaba. Más recio, más hombre, más experimentado, pero sin duda era él.

Bartolomé… Estás… Estás vivo.

Él le premió con una sonrisa y las lágrimas de Isabel brotaron sin pedir permiso.

¿Por qué no habría de hacerlo si tú has cumplido la tuya?

Eres más guapa de lo que recordaba —le confesó él embelesado al contemplarla.

Te fuiste dejando a una niña y ahora…

Esa niña fue la que me mantuvo con vida. En los momentos más difíciles que he vivido, cuando más abatido estaba, tenía muy presente la promesa que te hice: regresar a Moya y buscarte. Ni siquiera sabía si me esperarías.

Te hice una promesa.

Isabel le sonrió y desde ese momento Bartolomé no hizo otra cosa más que pensar en el día en el que pudiera besar esos labios llenos de alabanzas.


***************


Los Marqueses de Moya no visitaban la villa. Al estar al servicio de los Reyes Católicos siempre estaban cerca de ellos. No obstante, la villa creció en población y se volvió más próspera. Bartolomé compró cien cabezas de ganado y se dedicó a la lana y la quesería. Isabel cumplió su promesa y se casó con Bartolomé en la iglesia de Santa María, a finales de aquel mismo verano en el que se reencontraron. Su primer beso fue fugaz, tierno y casto, como el que se dan dos desconocidos. Pero la segunda vez que se besaron, ya siendo ella su esposa, el beso fue más íntimo y pasional. Dulce y jugoso. Exquisito. Fue como beber del manantial después de una larga sequía.

Ningún beso se compara al tuyo, Isabel. Por tu pureza, por tu entrega, por tu verdad. Porque eres el amor de mi vida y porque Dios sabía que solo tú podías hacerme feliz.

Solo a ti te he besado, mi amor, y solo a ti besaré hasta el final de mis días. Porque Dios respondió a mis plegarias y te trajo de vuelta a mí.

Se entregaron con pasión durante mucho tiempo hasta que recibieron con dicha la llegada de su primer hijo.



INÉS

La vida de los moyanos se fue adaptando a su nueva condición de marquesado. Pagaban impuestos porque el ganado pastaba en los campos del marquesado, por las cosechas, por la leña que cortaban, por las mercancías que vendían e incluso por la «martiniega», impuesto que se pagaba en la fiesta de San Martín por el simple hecho de vivir en la villa. Y los ánimos de los moyanos fueron menguando con tantos impuestos que consideraban injustos.

Fue un verano de 1483 cuando los marqueses visitaron la villa. Hicieron su entrada por la puerta principal de la villa entre vítores y alabanzas, acompañados por todo su séquito. Entre ellos se encontraba la señora Inés, que después de tantos años regresaba a la villa. Sus ojos lo observaban todo con expectación y una gran dosis de resentimiento. Todavía sentía odio hacia esos muros que una vez la expulsaron de allí y la entregaron a un destino que no era el que ella había soñado. Eran vísperas de la fiesta de San Martín y los moyanos se preparaban para celebrarlas. En esos días ponían mercado en la plaza Mayor y había música, misas, buena comida y bebida para acompañarla.

Como su señora no la requería, Inés se cubrió con una capa y de forma anónima se paseó por la villa para rememorar su pasado. Sus pies la llevaron hasta su antiguo hogar. Tuvo noticias de la muerte de sus padres y su hermano. Pese al rencor que les guardaba por haberla entregado a Gil Izquierdo, sintió con pesar que jamás volvería a verlos. Se asomó por la ventana discretamente y vio a Isabel amamantando a una criatura de pocos meses. Una lágrima resbaló por sus mejillas. ¡Cuánto había añorado a su prima! Se alegraba de verla feliz. Al menos una de las dos lo había sido. Al poco apareció en la estancia Bartolomé, cargando en brazos a una niña de apenas dos años. Rubia y rolliza, muy parecida a su prima. Su antiguo amor se acercó cariñoso a Isabel y le robó un beso. Las entrañas de Inés se revolvieron y las lágrimas de nostalgia se llenaron de ira al comprender que Isabel estaba viviendo la vida que a ella le arrebataron. Y los odió, los odió a los dos con toda su alma. Si ella no había sido feliz, ellos tampoco lo serían.

El día de San Martín los moyanos cumplieron con su deber y pagaron todos la «martiniega», aunque eso les suponía una parte principal de sus ingresos. Los ánimos festivos se tiñeron de rabia y estando los marqueses presentes en la villa, se organizó una revuelta. Doña Beatriz, ajena a la animadversión que provocaba a los moyanos, asistió a la misa en honor al patrón de la festividad, acompañada por su séquito, entre ellos una resentida Inés que nada más que vio entrar en la iglesia de Santa María a Isabel acompañada por su familia, una amarga bilis le subió por la garganta. Los ojos de Isabel también repararon en la presencia de su prima y su corazón se llenó de gozo. Al acabar la santa misa, no dudó un instante en acercarse a ella y abrazarla efusivamente.

Inés, mi corazón pensó que jamás volvería a verte.

Yo tampoco creí que algún día mis pies volverían a pisar la villa tal como fui despedida —pronunció Inés llena de resentimiento.

Me dolió tanto… Al menos espero que tu esposo te diera buena vida. Recé mucho por ello.

Entonces tus oraciones fueron escuchadas pues fue el mejor de los esposos. Se murió a los pocos meses de desposarme.

Tus padres y Ginés… —Dijo Inés con congoja.

Lo sé. Me llegó la noticia de sus muertes.

Lo siento mucho, Inés. Si quieres visitar sus tumbas…

No quiero. Y ahora, con tu permiso, la marquesa me espera.

Me alegro mucho de verte —concluyó Isabel con tristeza.

Pero Inés no le respondió; su odió brillaba en la mirada y para Isabel no pasó desapercibido. Sintió mucho que así fuera.

La marquesa y su séquito visitaron el mercado de la plaza Mayor en donde, al poco de su llegada, se formó una revuelta. «¡Ladrones!», «Libertad a los moyanos», «No os queremos en nuestra villa». Fueron muchos los gritos en contra de los marqueses y su administración, pero algunos se atrevieron a atacar a la marquesa y su séquito y al momento la guardia de los marqueses sofocó la revuelta llevándose a cabo varias detenciones. Bartolomé, que se hallaba en la plaza en su puesto de quesería, observó toda la escena y le pidió a Isabel que se fuera a casa con los niños. Los ojos de Inés, que una vez lo miraron con amor, ahora brillaban llenos de odio. Se acercó a uno de los soldados y en un susurro acusó a Bartolomé de formar parte de la revuelta. Al cabo fue detenido injustamente y llevado a los calabozos del castillo.

Estuvo encerrado más de diez días. Isabel no sabía a quién acudir para que intercediera en favor de su esposo. Los marqueses se disponían a abandonar la villa y en un último intento desesperado, Isabel se acercó al castillo y solicitó ver a su prima. Ella se negó a verla. Y así acudió un segundo y hasta un tercer día, hasta que su prima no tuvo más remedio que aceptar.

¿Qué quieres de mí, Isabel? —Preguntó llena de ira.

Saber qué te he hecho para que me trates así.

¿Te parece poco haberme robado mi vida? —Escupió con rencor.

Me duele mucho que pienses así. No fue culpa mía ni de Bartolomé…

¿Sabías cuánto lo amaba y aun así te casaste con él?

Tú ya tenías un esposo y jamás regresaste a la villa. Me duele mucho lo que te sucedió, pero no puedes culparnos a nosotros.

Envenené a mi esposo porque no soportaba que me tocara —confesó Inés—. Y me volvieron a casar, contra mi voluntad, con Castilblanco, caballero que me doblaba la edad. Me convertí en algo que no soy y ya no sé volver atrás.

Isabel lloró ante la confesión de su prima y el dolor que arrastraba su alma.

Mírame, Inés. Tú eres buena, sé que dentro de tu corazón todavía queda bondad. Tienes la oportunidad de empezar de nuevo y hacer lo correcto. Yo siempre te querré porque eres mi prima.

Isabel la abrazó y aunque Inés se resistía a ese abrazo, lo aceptó y una lágrima de redención surcó sus mejillas.

Unos días después, Bartolomé fue liberado y los marqueses de Moya, junto a su séquito, abandonaron la villa. Inés, que se encontraba entre ellos, volvió la vista atrás y lloró. Al menos esta vez su alma viajaba en paz.


***************


El monasterio de Tejeda, perteneciente a la orden trinitaria, fue alzado en el lugar en el que se apareció la Virgen a un pastor, en la población de Garaballa, perteneciente al marquesado. Los marqueses de Moya tomaron posesión de su patronazgo un 13 de noviembre de 1504 e hicieron una procesión por el claustro del monasterio mientras tañían las campanas. Desde entonces y en adelante, veneraron la imagen de la Virgen de Tejeda. La reina Isabel agonizaba y los médicos ya no podían hacer más por ella. En toda la corona se mandaron misas por su salud y por su alma. Acudieron vecinos de todas las poblaciones pertenecientes al marquesado, incluidos los moyanos, para unirse a los rezos y plegarias en el monasterio de Tejeda. Un mes antes la reina había redactado su testamento en Medina del Campo y en el mismo reconoció no estar segura de la legitimidad de la donación de la villa de Moya y, en caso de anularla, se indemnizara a don Andrés Cabrera. Tal hecho jamás se cumplió y el marquesado siguió vigente.

Inés observó entre la multitud que peregrinaba por el camino hasta llegar al monasterio, esperando ver a su prima entre ellos. Hacía más de veinte años que no la veía. Jamás regresó a la villa. Su vida había cambiado mucho. Enviudó y sin embargo siguió al servicio de la marquesa. Había vivido mucho y había sufrido mucho. Su corazón ya cansado le pedía reconciliarse con su pasado. Le pidió a Dios para que le concediera el favor de ver por última vez al único familiar que le quedaba con vida pues, fue justicia divina que jamás tuviera hijos ya que no serían fruto del amor sino del odio. Los marqueses salieron del claustro e Inés fue tras ellos. Junto a una de las columnas vio apoyada a Isabel y su corazón saltó de gozo. Acudió a su encuentro esquivando a la multitud.

Prima, qué alegría verte por última vez.

No digas eso, Inés. Igual este encuentro es para siempre.

Se abrazaron y en ese instante volvieron a ser las dos muchachas que vendían pan, alegremente, en la plaza Mayor.

¿Cómo está Bartolomé? ¿Y tus hijos?

Mis hijos están bien; pero Bartolomé nos dejó hace pocos meses —dijo con pena.

¡Cuánto lo siento! —Se lamentó Inés—. Yo también soy viuda, pero a diferencia de ti, jamás echo de menos a mi esposo.

Inés…

Las dos primas se abrazaron y lloraron juntas, una por su amor perdido y la otra por su vida desdichada.

Se puede vivir rodeada de lujos y no tener nada —concluyó Inés con pesar.

Lo confieso, yo he tenido más de lo que podía desear aunque fuéramos pobres.

¡Qué vidas más distintas hemos tenido! —Se lamentó Inés.

Nuestra vida no termina aquí, Inés. Ven conmigo y todo cambiará. Regresa a Moya.

Y por primera vez los ojos de Inés se llenaron de gozo.


***************


Días después todas las campanas de la villa de Moya tañeron en señal de duelo; Isabel I de Castilla había fallecido. Fue sepultada el 18 de diciembre de 1504 en el monasterio de San Francisco de la Alhambra, aunque años después descansaría junto a su esposo, Fernando el Católico, en la Capilla Real de Granada. Los moyanos llorarían su muerte pues para ellos no hubo mejor soberana.

Ese mismo invierno Inés y su prima Isabel ingresaron en el convento de las Bernardas, a los pies de la villa de Moya. Allí pasarían la segunda etapa de su vida, orando a Dios y viviendo en contemplación, ayudando a los moyanos con sus servicios de caridad y hallando la paz interior que tanto necesitaba Inés. Fueron muy felices y su historia quedó grabada en mis piedras para el recuerdo.



LOS DANZANTES

Oigo las castañuelas de los danzantes que ya suben por el arrabal. «Tan, tan, taaan». «Tan, tan, taaaan». El ritmo gozoso que acompaña a la procesión.

¡Oh, Moya! Y tú que ya solo eras ruinas, te llenas de vida cada septenario, porque tu nueva reina viene a visitarte. Desde 1639, cada siete años, la Virgen de Tejeda sube a la villa de Moya para ser venerada. Son muchos los milagros que se le atribuyen. Y grande la fe de las gentes del marquesado. Muchos han sido los marqueses que han pasado por estas tierras desde Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla. Muchos los reyes desde Isabel la Católica. Pero solo una la reina divina del marquesado, Nuestra Señora de Tejeda. La traen en procesión desde el monasterio de Garaballa, acompañada por los danzantes que la bailan y el pueblo que le canta alabanzas: «Porque eres de mi terruño todo su orgullo, su tradición; tesoro de mis mayores y es nuestra herencia tu devoción. Por eso vengo a cantarte con el anhelo de un corazón, que tuyo se sintió siempre, porque es su herencia tu devoción».

«Tan, tan, taaaan». «Tan, tan, taaaan». Los músicos acompañan el ritmo de las castañuelas. Moya ya vibra llena de vida, durante unos días sus ruinas se llenarán de esplendor. La comitiva ya cruza la puerta principal de la villa. Las campanas tañen llenas de júbilo pues reciben con alegría a la reina del marquesado que morará en la iglesia de Santa María durante su estancia en la villa de Moya. Allí se ofrecerán misas en su honor, la visitarán todos los vecinos del marquesado para adorarla y saldrá en procesión por las calles de Moya, tanto tiempo abandonadas y en ruinas.

Como veis, todavía tengo mucho que contar. Mis piedras resisten el paso del tiempo y, como ya dije, soy vieja, muy vieja, pero también fuerte y valiente. Todavía me queda mucho por vivir y muchas historias que contar de mi querida Moya, la que abrazo dentro de mis muros.


VANESSA GONZÁLEZ VILLAR








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