EL COLOR DE TUS ALAS

Hola amigos:

Comparto con vosotros este relato que estuvo publicado en la antología MI PRINCESA RETT. Para mí un relato muy especial pues me abrió las puertas a un sueño, publicar con la editorial LEIBROS. 
A partir de ahora todo el mundo podrá acceder a él de forma gratuita y espero que compartáis su magia y se cumplan todos vuestros deseos. Gracias por abrirle vuestros corazones a mis historias. 


VANESSA GONZÁLEZ VILLAR 





María abrió la cafetería una mañana más. Se preparó su capuchino especial con doble de nata y canela. Ese día María se sentía más positiva; sólo un día más y se acabarían las sufridas navidades. Antes todo era distinto... Ella también creía en la magia pero una larga enfermedad se llevó lo más grande que tenía: a su madre; y su vida ya no volvió a ser como antes. Entraron los primeros clientes, los mismos de todos los días que empezaban su jornada laboral cuando todavía no había amanecido. Después María tendría una larga hora de relax hasta que llegaran nuevos clientes. Ojeó una de esas revistas del corazón y le llamó especialmente la atención un artículo que decía: «Haz realidad tus propósitos para el nuevo año». ¿Por qué no? Por intentarlo no perdía nada... Tomó una hoja de pedido y bajo el título de «PROPÓSITOS PARA EL 2016», anotó:
·         Quiero reírme a carcajadas.
·         Quiero hacer cosas que me diviertan, como por ejemplo: patinar.
·         Quiero tener una cita romántica.
·         Quiero enamorarme.
Este último propósito lo tachó y lo volvió a reescribir un par de veces hasta que la llegada de un nuevo cliente la interrumpió.
Valentín estaba agotado. Llevaba más de dos días dando vueltas por todas las jugueterías de la ciudad y todavía no había logrado encontrar un Hada madrina. Y para hacerlo más difícil si cabe, era lo único que Clarita le había pedido a los Reyes.
Queridos Reyes magos:
Este año he sido una niña muy buena. He sacado un diez en inglés y he ayudado a papá con las tareas domésticas. Me ha nombrado oficialmente la Chef porque me salen las tostadas mejor que a él. No quiero ser egoísta porque hay muchos niños en el mundo y todos tienen derecho a un juguete. Por eso solo pido una cosa: quiero conocer a mi Hada madrina. En los cuentos y en las películas que veo con papá, las niñas que no tienen mamá (como yo), tienen un Hada madrina. Pero yo todavía no conozco a la mía y estoy deseando darle un beso. Vosotros vais a traerme a mi Hada madrina, ¿verdad? Es lo que más me gustaría de todas las cosas del mundo. Prometo seguir siendo buena. Con todo mi cariño, un fuerte abrazo para los tres.
Clara.
Nunca antes había entrado a esa cafetería pese a estar bastante cerca del colegio de Clarita. Pidió un café a la camarera de hermosos ojos color avellana. La miró más detenidamente mientras ella preparaba su café. Realmente era tan hermosa como sus ojos. Una mujer de preciosas curvas y eso que hoy en día cuesta mucho encontrarlas porque todas están obsesionadas con las dietas milagrosas; de cabello del mismo color de sus ojos, largo, muy largo y rizado. Y enmarcados en su precioso rostro ovalado, no podía dejar de mirar sus rosados labios.
—Su café —le dijo María irrumpiendo sus pensamientos.
—Gracias.
Cuando Valentín entró en la cafetería estaba abatido, pero cinco minutos después de conocer a María, su humor cambió por completo.
—Tal vez usted me podría ayudar —Se atrevió a preguntarle—. Estoy buscando una juguetería en la que vendan Hadas madrinas.
—¿Un Hada madrina? —María se sonrió—. Pues... Déjeme pensar...
—Ya he recorrido todas las jugueterías del barrio pero solo tienen las hadas de Barbie o Campanilla y sus amigas.
María se acordó de un viejo libro que le regalaron sus amigas en su quince cumpleaños. «El manual de las hadas». Ellas decían que María era una auténtica hada. Pero dudaba mucho que ese libro siguiera encontrándose en las librerías veinte años después. Y su cliente nuevo necesitaba encontrar un Hada madrina con urgencia pues esa misma noche llegarían los Reyes. Nada más verlo, María se quedó sin palabras. No es que Valentín fuera especialmente guapo, pero su sonrisa la tenía fascinada y mira que le había costado sonreír al principio. Tal vez, pensó María, de un hombre así podría enamorarse. Al no tener más clientela, María pudo hablar relajadamente con Valentín y hasta se preparó otro capuchino para acompañarlo. Valentín le habló de su pequeña Clarita; le enseñó hasta una foto y le leyó la carta de Reyes. María intentó contener una lágrima pero le fue imposible.
Valentín, al ver esos hermosos ojos color avellana, empañados por la emoción, supo que esa mujer era especial; jamás había conocido a nadie igual, y no tuvo la menor duda cuando ella le dijo:
—Bueno, no sé dónde pueda encontrar un Hada madrina, pero tengo «El manual de las hadas». Quizás eso le sirva a Clarita; yo a mi edad ya no lo necesito —y se sonrió.
—No; no puedo aceptarlo.
María lo tomó de las manos y dijo:
—Por favor... Acéptalo.
Algo mágico sucedió entre los dos porque ambos sintieron ese cosquilleo recorriendo cada milímetro de su cuerpo.
—Gracias.
Valentín se esperó a que María cerrara la cafetería a medio día, y le acompañó hasta su casa para recoger el libro. En esas horas pudieron hablar de muchas cosas. Valentín le abrió su corazón como nunca antes lo había hecho. Le contó a María la trágica muerte de su esposa y lo duro que resultaba criar a Clarita sin la ayuda de una figura materna. María también le contó cosas de las que jamás había hablado con nadie; lo difícil que había sido ver morir lentamente a su madre, la impotencia que sintió en esos largos meses de dolor. No es que María dejara entrar en su casa a cualquier desconocido; pero Valentín ya no lo era, en pocas horas se había convertido en su alma gemela. María había visto nobleza en sus ojos, le había abierto su corazón y sí, Valentín podía entrar en su casa; de hecho estaría muy feliz de que además entrara en su vida.
—Gracias María; jamás olvidaré lo que acabas de hacer por mí.
—Pásate cualquier día de estos por la cafetería; al próximo café invito yo.
Y así se despidieron, con un tímido beso en las mejillas.

-TRES DÍAS DESPUÉS-
Clarita entró a la cafetería acompañada de su papá. Buscó con la mirada y allí estaba ella detrás de la barra. Sin lugar a dudas era su Hada madrina.
Días antes, cuando abrió su regalo, se sintió despagada. ¿Un manual de hadas? Ella lo que necesitaba era un Hada madrina porque nunca había conocido a su mamá y se sentía muy sola. Ojeó el libro sin mucho entusiasmo hasta que dio con la dedicatoria.
«Con todo nuestro amor a una verdadera hada: María, toda tú eres magia».
No, los Reyes magos jamás se equivocaban: habían encontrado a su Hada madrina. Al menos ahora sabía que se llamaba María.
—¡Papá, papá! ¡Tenemos que encontrarla!
—¿A quién, cariño?
—A María, mi Hada madrina.
Y así fue como aquel sábado por la mañana, Clarita y Valentín acabaron desayunando churros con chocolate en la cafetería de María.
—¿De qué color son tus alas? —le preguntó Clarita a María.
—Pues... No sé... No sabría decirte... Mi color favorito es el azul.
—«El manual de las hadas» dice que puedes reconocer a un hada por su risa cantarina y que si la miras fijamente a los ojos, verás sus alas porque para pasar inadvertidas entre los mundanos, las esconden en su corazón.
—Clarita, eso que dices es muy bonito.
—¡Me encanta que seas mi Hada madrina!
Clarita le dio un fuerte abrazo y un beso tan efusivo que a María le entró la risa. Nadie nunca en su vida de adulta le había abrazado de esa manera. Ambas rieron juntas hasta que se les saltaron las lágrimas.
—Y, ¿qué te gustaría que hiciéramos juntas? Tiene que ser algo divertido —propuso Clarita.
—Pues... Tengo unos patines superchulos que hace mucho que no utilizo. ¿Qué te parece si esta tarde nos vamos a patinar? Si a tu papá no le importa, claro.
Se había entusiasmado tanto con la niña que ambas se habían olvidado por completo de la presencia de Valentín.
—Por mí no hay inconveniente pero...
—¡Gracias papá!
Clarita se abalanzó sobre su padre y lo llenó de besos. Después buscó urgentemente el aseo.
—No tienes por qué hacerlo, María —dijo Valentín tomándola de las manos. Ambos volvieron a sentir ese cosquilleo mágico que recorrió cada rincón de su cuerpo—. Bastantes molestias te hemos dado ya...
—Valentín, para mí es un honor ser el Hada madrina de Clarita.
—Hemos irrumpido en tu vida de esta manera tan...
—¡Maravillosa!
—Iba a decir peculiar. Pero sí... de esta forma tan maravillosa me parece más acertado. Para Clarita tal vez seas su Hada madrina; pero para mí te estás convirtiendo en la princesa del cuento.
María se sonrojó y era incapaz de volver a mirarle a los ojos.
—María, ¿aceptarías una invitación a cenar? Los dos solos...
Antes de que pudiera darle una respuesta, irrumpió Clarita con sus planes de fin de semana, su cháchara descontrolada y su risa contagiosa.
Valentín esperó a que María cerrara la cafetería a medio día y Clarita y él le acompañaron hasta su casa.
—Voy a buscar mis patines y en un rato nos vemos.
—¡Sí! —Clarita le dio otro de sus efusivos besos que a María le hizo sonreír nuevamente.
—Hasta luego, Princesa —le dijo Valentín besando su mejilla.
María estaba desconcertada... Hacía tan solo tres días su vida estaba sumida en la monotonía y la nostalgia; y al plasmar sus deseos en papel, estos se estaban haciendo realidad. Se había reído a carcajadas, iba a volver a patinar, se estaba enamorando de Valentín y... ¡sí!, también tendría su cita romántica.
—¡Valentín! —le detuvo a punto de subir al coche—. ¡Sí!
Valentín fue en busca de ella y tomándola de las manos quiso confirmar lo que acababan de pronunciar sus labios.
—Sí, —repitió María— quiero una cita contigo.
Valentín le besó dulcemente. Clarita bajó del coche corriendo y empezó a aplaudir dando vueltas a su alrededor.
—Ahora los dos compartimos Hada madrina: la de las alas azules. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Próximo lanzamiento: ¿COSA DE NIÑOS?

SON EXCUSAS

IV CERTAMEN NACIONAL RELATOS FALLA SANTIAGO RUSIÑOL